¿Cuál intensidad?

 Una hora antes mi vida era normal, tranquila, estructurada, los tiempos justos y las actividades repartidas de manera "perfecta". Todo encajaba. La soledad molestaba de vez en cuando, pero nada que un buen libro o una serie no pudiera solucionar. 

Lo vi llegar y mi corazón se aceleró sin razón alguna. Nuca supe cómo ese primer abrazo y esa sonrisa fueron capaces de atravesar mi gran caparazón, ése que me tomó tantos años construir y pulir; ése caparazón que me mantenía segura, en mi zona de confort; ése caparazón que estaba diseñado para que nadie pudiese vulnerarlo. 

Charlábamos y el tiempo pasaba como arena entre mis manos, mis estructuras se iban cayendo de a poquito «¿Es posible que esto suceda tan rápido?», me pregunté mientras mis ojos recorrían cada centímetro de su cara. Estaba nervioso, se movía, se reía y achinaba los ojos más lindos que vi. 

Los días pasaron y mi vida no volvió a ser igual ¡gracias a Dios! No sabía que todo lo que alguna vez le pedí a Dios podía ser real. No imaginaba que el hombre que derribaría mis estructuras y que con paciencia y delicadeza rompiera cada capa de mi caparazón, fuese real. Mi modo supervivencia sigue presente, algunas veces más fuerte que otras, pero de a poco voy entendiendo que ya no es necesario. Puedo relajarme, puedo ser yo sin miedo a que no me acepten, a que se rían de mis ideas o de mis modos, puedo dejarme querer sin que me de vergüenza, puedo aprender a disfrutar de un amor correspondido, puedo aceptar que en los ojos correctos no soy aquello que mis pensamientos intrusivos me dicen, puedo ser todo lo intensa que yo quiera. 

«¡Cuánta intensidad!» me dije desde aquel primer día, sin embargo, me di cuenta que no quiero nada más (ni nada menos) que este nivel de intensidad en mi vida. Que dure lo que tenga que durar, no me preocupa ni el paso del tiempo, ni lo que puedan decir sobre nosotros. Sí me importa saber y entender que los planes de Dios siempre son perfectos, que cada vez que le pedís algo «pronto» te lo concede y qué importante es aprehender sobre sus silencios y sus maneras inusuales de darte eso y más de lo que esperabas. 

Qué emocionante saber que todas esas charlas con Dios dieron su fruto, todos esos enojos, todos esos llantos, toda esa vergüenza, todo absolutamente todo tuvo que ver con ese encuentro: ése día a ésa hora en aquél lugar. 

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